Fuente: periódico La Nación



En noviembre del 2014 sucedió un hecho insólito en la Asamblea Legislativa. Algo tan insólito que nos pasó desapercibido a todos.

Se aprobó de una manera súbita un impuesto a los pobres. Sí, así como suena. Bien dirigido a una clase social. La ley en su título no incluía la palabra “impuesto”. La ley en su articulado no especificada nada de cómo se administraría ese impuesto. El Ministerio de Hacienda se ahorró el trabajo de explicar a todos lo que es ese impuesto. Oponentes y favorecedores tradicionales de tributos en nada se refirieron a ese impuesto. Los entes a ser consultados no fueron convocados. La prensa ni siquiera lo mencionó en sus titulares. Lo extraño, además, es que lo promovió un partido que le prometió no impuestos al electorado por dos años. Para rematar esta sorpresa, el impuesto a los pobres se aprobó sin una tasa definida, o sea, puede ser lo que quiera ser. Hemos discutido harto si el impuesto de ventas debe aumentarse en 2%, y no logramos ponernos de acuerdo, pero con este impuesto a los pobres, ese aumento se dejó por la libre, o sea, puede ser lo que quiera ser. Y lo más insólito es que el Gobierno con este impuesto no recaudará un centavo.

Más inflación. ¿Y cuál es ese impuesto? ¿Cómo se llama? Es el presupuesto ordinario 2015. Un presupuesto inflacionario cuyo alto déficit conducirá a que el Gobierno deba endeudarse más para pagar su deuda. Un crecimiento de gastos abultado que sólo redundará en inflación.

El Gobierno, al captar fondos en el mercado para enjugar su déficit, causará una elevación en las tasas de interés, y eso redundara en un aumento de la inflación que no se puede predecir desde ahora. Pero lo cierto es que la consecuencia será una elevación de los precios, o sea, aumentos generalizados de materiales, tasas de interés de los préstamos, viviendas, alimentos, educación, alquileres, viajes…, todo. ¿Y a quien afectará eso más? A los pobres, en mayor medida.

Yo me anticipo a sugerir desde ya, y para ahorrarle trabajo al redactor oficial, la frase que debe incluir cualquier informe de rendición de cuentas al final del año 2015: “Con mucho éxito logramos la aprobación en la Asamblea Legislativa del impuesto a los pobres 2015. Según lo habíamos previsto, a lo largo del año hemos logrado el efecto esperado y los pobres han sido afectados en un X%. Desafortunadamente, y como lo esperábamos también, el Gobierno no recaudó nada de este. Más aun, debemos informar que ya tenemos listo el nuevo impuesto a los pobres 2016, el cual tendrá que ser un poquito más abultado, pues, como todos entenderán, tenemos más deudas y más salarios que han crecido para poder satisfacer los reclamos de las últimas huelgas. Esperamos que este nuevo impuesto 2016 lo aprobemos igualmente con mucho éxito”.

En tono más serio, en toda esta breve historia, ha quedado claro que la lucha para reducir el déficit fiscal no es tarea para políticos débiles, y destaca en esto la valentía demostrada por algunos diputados que casi con desprendimiento personal por el alto costo político que eso conlleva, lucharon hasta el último momento por hacer algo respecto a ese déficit. A ellos, felicitaciones.